martes, 12 de mayo de 2009

ARTE COLONIAL


Arte colonial: es el estilo artístico propio de las colonias, basado en la técnica formal de la metrópoli colonizadora. Es usado especialmente, para el arte surgido en las antiguas colonias españolas y portuguesas en América, entre el siglo XV y finales del XVIII o principios del XIX.
En el imperio colonial español, el arte expresó tanto el sentimiento peninsular, empañado en copiar estilos europeos, como la sensibilidad del criollo y el espíritu indígena y del mestizo, los ejecutores de la mayoría de las obras.
Arquitectura colonial: conjunto de manifestaciones arquitectónicas que surgieron en América Latina desde el descubrimiento del continente, en 1492, hasta la emancipación del mismo, a principios del siglo XIX.
A comienzos del siglo XVI puede decirse que ha terminado la conquista de América en su mayor parte. Sobre ruinas de grandes imperios precolombinos, como México y Perú, se preparan los cimientos de la nueva civilización hispanoamericana. El arte en Latinoamérica va a ser fundamentalmente religioso, marcado por el poder de las principales órdenes religiosas llegadas del viejo continente. En el trazado reticular de las ciudades, con origen en los esquemas romanos filtrados a través de los españoles que los proponen, aparecen las plazas y los monumentos como elementos capaces de tensionar y referenciar el conjunto. La iglesia, edificada junto a la plaza central de las poblaciones, se erige en punto de referencia del espacio urbano. Pese a la uniformidad que las órdenes religiosas, muy centralizadas, van a intentar aportar, las nuevas formas artísticas van impregnándose de variaciones étnicas y geográficas; al punto que el arte va a ser uno de los principales puntos de encuentro del mundo indígena con el europeo. Las distintas escuelas se diferenciarán tanto por los materiales utilizados para la construcción, específicos en cada zona, como por las tipologías de los edificios en virtud de la función que deban cumplir.
Realizaremos un recorrido por la arquitectura colonial siguiendo el esquema cronológico de los grandes estilos artísticos desarrollados en paralelo en Europa y Latinoamérica desde finales del siglo XV: gótico, renacimiento, barroco y neoclasicismo.
Santo Domingo, fue la primera ciudad fundada por los españoles en las Indias, respondía a una planificación previa, acorde con las ordenanzas reales, con la plaza mayor ubicada en el cruce de los ejes norte/sur y este/oeste. A su alrededor se edificaron las casa municipales y la catedral, y también las viviendas de los vecinos principales. Una vez establecida la red de calles, el conjunto revestía el aspecto de un damero.
El inmenso territorio americano, escasamente habitado en unos casos, y otros poblado con criterios diferentes de los europeos, servía como campo de experimentación para arquitectos y urbanistas.
Los planos que se conservan en el Archivo de Indias de Sevilla revelan que en los primeros cincuenta años de la Conquista se levantaron más de cien ciudades de este tipo. Sin embargo hubo estilos urbanos espontáneos, improvisados en torno a un centro minero, como por ejemplo Potosí (en el Alto Perú) o Zacatecas (en el norte de Nueva España). Ambas poblaciones datan de 1540 y sólo después, una vez consolidadas, admitieron reglas de urbanismo similares a las de las otras ciudades.

Gótico y renacimiento

La coincidencia histórica entre el nacimiento de la nueva civilización hispanoamericana, sobre las ruinas de los pueblos indígenas americanos, y la situación del arte en la península Ibérica, es un hecho fundamental de cara al desarrollo de las nuevas formas artísticas en el marco histórico de finales del siglo XV. El gótico va dejando paso a la llegada del plateresco y posterior purismo renacentista. Los ejemplos de traza gótica que encontramos en Latinoamérica son por ello escasos y muy directamente emparentados con el primer renacimiento del siglo XVI.
Las catedrales americanas pusieron en evidencia el estrecho vínculo entre la Iglesia y el Estado. De allí ese interés por construirlas con tanta grandeza y solidez como lo permitieran las posibilidades de cada región.
En la primera construcción de la de Santo Domingo se empleó la madera del lugar: se trataba de un simple rancho techado con paja. Esta edificación provisoria, que respondía a necesidades inmediatas, fue sustituida por una segunda catedral.
* La segunda catedral de Santo Domingo (1521-1537), República Dominicana, todavía es de trazas góticas, pero ya aparecen en la fachada formas posteriores como los típicos grutescos platerescos. Respetaba el tipo de iglesia-salón, de estilo gótico tardío, con tres naves y dos capillas laterales que eran destinadas para enterrar los benefactores o donantes. Seguía el modelo de la de San Juan de los Reyes, en Toledo, y de la catedral de Sevilla.
Esta catedral tardó varias décadas en edificarse, y por ello el estilo gótico, que predominaba al comienzo, fue reemplazado por el renacentista, visible en la fachada de estilo plateresco, encuadrada por dos contrafuertes que junto al entablamento le dan el aspecto de un gran alfiz mudéjar, motivo grato a los arquitectos españoles. El clima intimista del interior se logró mediante una concepción del espacio que dista del impulso vertical del gótico y privilegia un sistema de iluminación por medio de ventanas que se abren sobre las capillas laterales, las columnas se decoraron con perlas del gótico isabelino.
Catedral de Santo Domingo
La fachada de la catedral de Santo Domingo, atribuida a Rodrigo Gil de Liendo, es un prominente ejemplo de arquitectura plateresca. El interior del templo aún conserva las trazas del gótico tardío español que se pone de manifiesto, así mismo, en las nervaduras ojivales.

Tom Bean/ALLSTOCK, INC.[1]

· El templo de los dominicos conserva también su primera estructura gótica (1527-1537) de nave única, capillas laterales, crucero y cabecera ochavada.
· Se conservan otros ejemplos del último gótico en Santo Domingo, como la iglesia de San Francisco y la de la Merced, así como algunas portadas y edificios civiles. También se encuentran modelos góticos en la iglesia de los dominicos de San Juan de Puerto Rico, con un hermoso trazado de crucero y presbiterio.
En la arquitectura privada se advierten asimismo los cambios en el gusto y en los modelos que se importaron de la Península. En las calles más antiguas, que guardan restos del pasado de esplendor, hay balcones con delicados calados de tipo segoviano, usados en el gótico florido, anterior al isabelino.
· La “casa de los medallones” tiene, en cambio, una portada plateresca.
· El hospital de San Nicolás de Bari, comenzado en 1533, se le dio una solución cruciforme, en la que dos largos pabellones para enfermos se cruzan entre sitios y dan lugar a la iglesia central, esquema utilizado en tiempos de los reyes Católicos y aplicado a otras ciudades americanas.
· En cuanto al alcázar de Diego Colón, que se encuentra muy restaurado, es una mansión de dos pisos y galerías, a orillas del río Ozama; sus ventanales se adecuan a las exigencias de un clima tórrido y le dan un aspecto amable, incompatible con el de una fortaleza.
Arquitectura y evangelización masiva: la necesidad de evangelizar en masa a los nativos reclamó la construcción de templos de líneas sencillas, aptos para albergar multitudes. La planta basilical de forma alargada era la solución adecuada, fácil de techar porque abundaba la madera con la que se construían grandes vigas.
En las primeras décadas de la colonización, las órdenes religiosas de los franciscanos, dominicanos, agustinos, rivalizaron en levantar iglesias con el convento adosado a ellas, claustros magníficos y capillas más pequeñas para las poblaciones que dependían de la visita periódica de los frailes.
La fiebre de la construcción era posible debido al tributo en especie que pagaban los indígenas: cada pueblo estaba obligado a contribuir con mano de obra y elementos materiales a la construcción del templo. Tal exigencia era más o menos penosa según fueran las pretensiones arquitectónicas de las distintas órdenes y así fue como los agustinos, los más afectos al lujo, se ganaron el rencor de las comunidades del valles de México.
En México, los templos de las órdenes religiosas (franciscanos y agustinos principalmente) anteriores a 1570 son de trazas góticas. El tipo de construcción es el de iglesia fortificada (con algunos precedentes hispanos), de una nave, cabecera poligonal, bóvedas de crucería o de cañón en templos agustinos, y un tratamiento exterior de gran sobriedad, muros desnudos y remates almenados. Junto a estos elementos, la voluntad de evangelización derivará en la construcción de atrios, con “capillas para indios” o posas en los ángulos. Tenían anexados huertas y terrenos aledaños, rodeado por una muralla que le permitía sostener un sitio y dar protección a los indígeneas ya cristianizados. Como se encontraban en la gran mayoría en medio del campo, daban solución al doble problema de la defensa y de la evangelización; este recurso ya había sido aplicado en la Europa medieval y alcanzó extraordinaria difusión en la América española.
Como ejemplos de conventos franciscanos podemos citar el de Huejotzingo (1550) o el de San Andrés de Calpan (1548). Son interesantes igualmente las capillas para indios de Tepejí, Xochimilco y Acolman.
La influencia indígena se hace notar en lo decorativo, con un tipo de talla de superficies planas a bisel que encontramos en portadas como las de Tlanalapa (Hidalgo) y Otumba (México); o en las cruces se ponía de manifiesto la tendencia al sincretismo de la religión cristiana con las antiguas creencias de los vencidos. El artesano o artista indígena interpretaba el signo de la cruz de manera más libre y abstracta que los europeos, como en el convento agustino de Acolman, donde el cuerpo de Jesús es reemplazado por la cabeza, o en el Tepeapulco, donde solamente aparece la corona de espina y las llagas.
Avanzado el siglo XVI se construyen modelos platerescos, como la portada del templo agustino de Acolman o la de la iglesia de Yuriria.
En el último cuarto de siglo ya se puede hablar de renacimiento, que se implanta paulatinamente en tres etapas diferenciadas: una primera muy ligada aún al gótico, una segunda emparentada con el plateresco, y una tercera fase, coincidente con la construcción de las grandes catedrales, caracterizada por el empleo de motivos decorativos más geométricos para buscar contrastes de claroscuro. A esta última etapa corresponde el convento agustino de Actopan (Hidalgo), así como los franciscanos de Tecali y Zacatlán de las Manzanas.
En el llamado Nuevo Reino de Granada (Venezuela, Colombia) no se encuentran apenas edificios plenamente góticos. El renacimiento sí inspiró algunas portadas, como la de la capilla de los Mancipe (1569-1598). La influencia del mudéjar toledano se dejó sentir en las arquerías de claustros y cubiertas de los templos, como en las catedrales de Cartagena y Coro, la iglesia mayor de Tunja y la parroquial de la Asunción. Como ejemplos de artesonados mudéjares destaca el de la capilla mayor del convento de la Concepción (Bogotá). Existen algunos ejemplos de arquitectura civil en Tunja, con interesantes arquerías y galerías arquitrabadas de estilo toledano.
En la zona de Ecuador, avanzado el siglo XVI, tendrá peso específico el plateresco, con portadas interesantes como la del Evangelio de la catedral de Quito. Pero quizá el templo más representativo es el convento de San Francisco, con una fachada renacentista que enmarca un conjunto mudéjar de iglesia y claustro, así como una monumental escalinata al estilo de Bramante de acceso al templo desde la plaza a la que se abre el conjunto. Del estilo gótico sólo quedan algunos arcos apuntados o algún tramo de bóveda nervada más tardía. El plateresco tiene también especial desarrollo en Cuzco, con una interesante fachada y patio en la llamada Casa del Almirante, y en Ayacucho, con una interesante portada en la iglesia de San Cristóbal. En la meseta del Collao, en el Alto Perú, floreció una arquitectura sencilla y austera en el último tercio del siglo XVI. Se conserva la iglesia de Paucarcolla, de los dominicos, con una portada en arco de triunfo. Merecen citarse así mismo las iglesias mudéjares de San Francisco de Sucre, el templo de Santa Clara (1568) o la iglesia de San Miguel (1612-1620). En la iglesia del convento de Guadalupe aparecen bóvedas de crucería del último gótico. El modelo de iglesia con atrio y posas lo encontramos también en el Santuario de Copacabana (Bolivia). Son construcciones que están a caballo entre el siglo XVI y XVII, como el convento de San Francisco, con una majestuosa estructura de madera en la cubierta.
A partir del último cuarto del siglo XVI comenzaron a construirse las principales catedrales renacentistas de Hispanoamérica. La catedral de México deriva de la de Jaén, de Andrés de Vandelvira. Tiene trazas renacentistas con alguna reminiscencia gótica como la distinta altura de las naves. Las dimensiones del templo en planta son monumentales, como imponentes los órdenes clásicos de la fachada, enmarcada entre sendas torres. La catedral de Puebla es más pequeña y con mayor unidad de estilo que la de México, y con una mayor esbeltez en las torres. En la catedral de Guadalajara se observan trazas de la escuela granadina de Diego de Siloé. Finalmente, las catedrales peruanas de Lima y Cuzco, inspiradas en los mismos modelos hispanos, se ajustan al modelo de iglesia-salón, de planta rectangular con cabecera plana. Las bóvedas de la catedral limeña son de crucería gótica, sustituyendo a las primitivas de arista. Merecen citarse también los grandes templos mexicanos de Mérida y Oaxaca, con bóvedas vaídas.











Barroco
Podría decirse que el barroco adquirió mayor significación en América que en la propia península Ibérica. El barroco en Hispanoamérica es esencialmente decorativo. Se aplica un lenguaje ornamental a esquemas constructivos y estructurales inalterados desde los comienzos de la arquitectura hispanoamericana. México y Perú son quizá los dos grandes focos donde con más intensidad iba a encontrar eco el nuevo estilo así entendido.
El barroco en México
Iglesia de Santo Domingo, Oaxaca
El exterior de la iglesia de Santo Domingo, en el estado de Oaxaca (México), no trasluce la riqueza de su ornamentación interior, característica del barroco criollo latinoamericano. La yesería policromada recubre la totalidad del templo, desde la nave central hasta la capilla del Rosario. Dentro de todo este fantástico universo destaca el árbol genealógico de santo Domingo, situado en el sotocoro.

Allen Russell/ProFiles West[2]

Uno de los rasgos característicos del barroco mexicano es el manejo privilegiado de materiales, como la piedra de distintos colores (Zacatecas, Oaxaca, México) y el yeso, para crear ricas policromías tanto en el interior de los templos como en las fachadas. En cuanto a la piedras les permitió dar colorido a sus edificios: el “tezontle” y la “chiluca”.
· El tezontle es una piedra eruptiva, liviana y de fácil labrado, cuyo color varía desde carmín (es un rojo encendido) hasta el rojo oscuro, con una intensidad de colorido que parece a veces que fuese tintura artificial, pintura. Tiene una textura aterciopelada, dando la sensación de una tela o tapiz aplicado al muro. Se usó esta piedra para hacer paredes, ya en bloques muy ajustados entre sí, como para formar grandes extensiones de muros de color rojo, o si no formando las juntas o uniones con morteros blancos de modo de producir un efecto de entramado o reticulado rojo y blanco. Este último procedimiento se usó de preferencia en la arquitectura popular.
· La chiluca es una piedra de color gris o marfil, apta para las labores escultóricas, que se usó para las parte más nobles y aparentes de los edificios, como ser portadas, ventanas, cornisas, etc.
Por otra parte, van a adquirir especial desarrollo elementos como la cúpula, presente en casi todos los templos, elevada sobre un tambor generalmente octogonal y recubierta con gran riqueza ornamental, y las torres, que se alzarán esbeltas y osadas allí donde los temblores de tierra lo permitan.
El siglo XVII será el de las iglesias conventuales y monasterios, construidos según el esquema hispánico de nave única con fachada lateral siguiendo la dirección de la calle y con un ancho atrio. El siglo XVIII comienza con la construcción de la basílica de Guadalupe (1695-1709), emparentada en planta con la del Pilar de Zaragoza: cúpula central, cuatro cúpulas menores y torres en los ángulos. En la iglesia jesuítica de la Profesía (1714-1720) se observa la reiteración de formas poligonales lejos de los trazos curvos del barroco europeo. La construcción más relevante es quizá la iglesia del Sagrario, con su impresionante fachada retablo construida en 1749 por Lorenzo Rodríguez. Es una planta en cruz griega, cúpula central con cuatro menores y novedosa en el tratamiento decorativo exterior, con acusada ornamentación central al modo de un tapiz tallado en piedra de Chiluca y rodeada de muros de tezontle rojo recortados en formas mixtilíneas. Este modelo, muy imitado en iglesias posteriores, será sustituido a finales de siglo por el de la capilla del Pocito, realizada por Antonio Guerrero y Torres, con planta de trazos curvos y brillante cromatismo exterior. Puebla es uno de los grandes centros de exaltación de la policromía, con empleo de azulejos de colores, cerámicas vidriadas y destacados trabajos de yeserías. Para acentuar el color de los edificios recurrieron también a dos materiales de brillante cromatismo: los azulejos y las yesería policromas. Ambos procedimientos se usaron preferentemente en el valle central de México, ya que la ciudad de Puebla fue el centro de la industria alfarera.
Son ejemplos punteros la iglesia de San Francisco de Acatepec, o el interior de la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo. La grandiosa fachada del santuario de Ocotlán, construido en Tlaxcala a comienzos del siglo XVIII, es un impresionante retablo monumental enmarcado entre sendas torres con un cuerpo superior de inconfundible silueta barroca. Otra de las fachadas más destacadas del barroco mexicano la encontramos en la catedral de Oaxaca, donde también es interesante la iglesia de la Soledad, en la que la ornamentación cubre incluso los contrafuertes que jalonan la portada. De mediados de siglo son ejemplos interesantes la iglesia de la Compañía de Jesús, en Guanajuato, o la iglesia de San Sebastián y Santa Prisca, en Taxco, una de las joyas del barroco hispanoamericano. El punto culminante de la exuberancia decorativa lo encontramos en la fachada de la catedral de Zacatecas, un imponente tapiz ornamental, muestra del arte barroco de influencia indígena.
Dentro de la arquitectura civil mexicana, la casa barroca suele ser de dos plantas, patio generalmente enclaustrado en tres lados y gran repertorio formal y decorativo en las fachadas. Encontramos ejemplos interesantes de casas señoriales en la ciudad de México, Querétaro, Puebla y Guadalajara.


El barroco en Perú
Compañía de Cuzco
El templo de la Compañía de Jesús, levantado en la plaza de Armas de la ciudad peruana de Cuzco, presenta una fachada de estilo barroco. Las trazas de esta iglesia se proyectaron de forma que superaran en altura a las de la vecina catedral. Este hecho generó un profundo malestar en el obispo de la ciudad y los jesuitas se vieron obligados a modificar los remates del templo.

Roberto Bunge/DDB Stock Photography[3]

Las ciudades españolas que surgieron en el virreinato del Perú debieron adaptarse a las características del terreno y prever los peligros de los movimientos sísmicos que periódicamente derrumbaban buena parte de los edificios públicos y privados. Como en muchos casos se trataba de sitios más o menos poblados en épocas prehispánicas, los restos se utilizaron como cimientos de las nuevas construcciones.
En Perú se observan diferencias entre la zona litoral y la andina, según peculiaridades del clima y materiales. El adobe y los materiales ligeros corresponden a la costa, donde se utilizan estructuras ligeras de adobe o ladrillo, con bóvedas y cúpulas de quincha (entramado de cañas y barro). La piedra, por el contrario, será el material básico en la zona de la sierra. El barroco peruano es, pese a estas diferencias, fundamentalmente decorativo.
Los tres grandes centros de esplendor serán Lima, Cuzco y Arequipa. En Lima, el portal del Perdón de la catedral (1626-1636) marca el punto de arranque de un estilo que se consolida en el convento de San Francisco, construcción caracterizada por la gran unidad de estilo y por la aparición de elementos que crearán escuela en el barroco limeño, como la hornacina (hueco a modo de nicho en forma de arco, que se suele dejar en el grueso de una pared maestra con algún fin) sobre columnillas que apoyan en ménsulas, claraboya en el ático sobre la portada y las dobles arcadas del claustro. En el siglo XVIII se consolida el tipo de iglesia de nave única, bóveda de cañón y cúpula en quincha (sistema de entramado liviano con estuco que sirvió para cubrir las bóvedas de las iglesias), así como el empleo de almohadillados (parte lateral de la voluta del capitel jónico) y la columna salomónica. Muestra de lo anterior es el convento de San Agustín (1720). La casa de los marqueses de Torre Tagle, con su bella portada, balconadas de madera y patio con dobles arcos conopiales (dícese del arco que semeja un pabellón o cortinaje)
y mixtilíneos (ángulo formado por una línea recta y otra curva o figura cuyos lados son rectos y curvos otros), es uno de los ejemplos más significativos de arquitectura civil del barroco limeño.
En Cuzco las construcciones se amoldan más al condicionante de los temblores de tierra en la zona. Son edificaciones más sólidas y robustas que huyen de la altura. Las más representativas pueden ser el convento de la Merced, con su claustro, construido en 1663, de gran virtuosismo escultórico en piedra (virtuosismo: demostración de gran y refinada habilidad por el domino de recursos aprendidos según reglas y fórmulas establecidas; a menudo es un defecto, pues el artista se complace en lucirse como técnico, y a ello sacrifica la profundidad del contenido o la armonía de la forma) , y la iglesia de la Compañía de Jesús (1651-1668), nave con capillas poco profundas, crucero y cúpula, y fachada retablo de gran repertorio decorativo. La iglesia de la Compañía en Arequipa es interesante por la decoración en relieve característica formando el gran tapiz que cubre la fachada. Cajamarca, uno de los más importantes enclaves barrocos del siglo XVIII, destaca por sus fachadas retablo de acusados claroscuros, almohadillados y empleo de columnas salomónicas. Las construcciones más significadas, la catedral, la iglesia de San Antonio de Padua y la iglesia del hospital de Belén, quedaron inacabadas.
El resto de América Latina
En América Central las construcciones son también edificios masivos, resistentes a temblores, con torres robustas y de baja altura, y en los que son frecuentes los artesonados mudéjares (mudéjar: estilo arquitectónico caracterizado por la conservación de elementos del arte cristiano y el empleo de la ornamentación árabe). Son ejemplos barrocos interesantes el convento de la Merced en Antigua (Guatemala) o la fachada retablo (retablo: conjunto de figuras pintadas o esculpidas, que representan en serie un suceso // obra arquitectónica que compone la decoración de un altar) de la catedral de Tegucigalpa (Honduras). La sobriedad decorativa es también característica del barroco del siglo XVIII en Cuba, como la antigua iglesia del convento de San Francisco, la fachada de la catedral de La Habana, sobre el antiguo templo de la Compañía, o las cubiertas mudéjares de la iglesia de Santo Domingo de Guanabacoa.
Semejantes características encontramos en Venezuela y Colombia, donde los alardes decorativos se reservan para el interior de los templos. En Ecuador prevalecen las formas mudéjares e italianizantes, como observamos en la iglesia de la Compañía en Quito, cuya fachada, con sus columnas salomónicas, hornacinas y acusadas cornisas, es una de las obras maestras del barroco hispanoamericano del siglo XVIII. En Bolivia destaca la catedral de Sucre, del siglo XVII, y la portada de la iglesia de San Lorenzo en Potosí, del XVIII, con su ornamentación planiforme característica de influencia peruana. La catedral de Potosí también se encuentra en el grupo de las grandes catedrales hispanoamericanas. Del sobrio barroco chileno y argentino del siglo XVIII destacan, como templos más representativos, la iglesia de Santo Domingo, en Santiago de Chile, y la iglesia de San Ignacio, en Buenos Aires.
Neoclasicismo
La fundación en España de la Real Academia de San Carlos en 1783 coincide con el momento de mayor evolución del barroco en México. Esto supondrá en Iberoamérica la vuelta a los modelos clásicos traídos por los arquitectos españoles de la Academia y la consiguiente aparición del neoclasicismo.
En 1787, José Damián Ortiz de Castro impone, frente a la aportación de modelos barrocos de otros arquitectos, su solución neoclásica para terminar la fachada y las torres de la catedral de México. Pero las obras serán acometidas por Manuel Tolsá, quien, llegado al virreinato en 1791, tras la muerte de Ortiz de Castro, remata la fachada y la cúpula del crucero. La obra maestra de Tolsá es la Escuela de Minería, con su orgullosa fachada de marcada impronta neoclásica. Antonio González Velázquez construye la hoy desaparecida plaza mayor en 1787. Otras obras representativas, todas ellas de comienzos del siglo XIX, son: la iglesia de Loreto, de Ignacio Castera, de planta hexagonal, cúpula y capillas semicirculares; la iglesia del Carmen, en Celaya, de Francisco Tresguerras, una de las grandes figuras del neoclasicismo mexicano; y la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, de José Alejandro Durán y Villaseñor. El poblano José Manso y Jaramillo y el español Lorenzo de la Hidalga son quizá los exponentes más destacados del neoclásico mexicano de la segunda mitad del siglo XIX.
La ciudad de Guatemala será prácticamente reconstruida según el nuevo estilo tras el terremoto de 1773. Entre los edificios más significativos podemos citar la catedral (1782) y la iglesia de Santo Domingo (1792-1804). La casa de Aldama (1836) es uno de los más interesantes edificios neoclásicos cubanos. En Venezuela son representativas la fachada de la catedral de Valencia y la iglesia de Santa Teresa. En el virreinato de Nueva Granada merecen citarse la iglesia de Chiquinquirá (1796-1823), o la de Zipaquirá (1805), así como la catedral de Bogotá, parcialmente reconstruida a mediados del siglo XX.
Matías Maestro es el principal representante del neoclasicismo peruano. Su obra más relevante es el Colegio de Medicina de San Fernando. La casa de la Moneda, en Santiago de Chile, con su severa fachada de órdenes apilastrados y balaustrada de remate, es uno de los edificios civiles más monumentales de la época construidos en América. En Argentina, el español Felipe Senillosa es una de las figuras más interesantes, con la iglesia de Chascomús (1831). El estilo neoclásico encuentra su máxima expresión en la fachada de la catedral de Buenos Aires (1822), con su impresionante frontón clásico sobre un pórtico de doce columnas corintias que cubre la anchura de las tres naves del templo. Finalmente, mencionaremos la catedral de Montevideo, con órdenes gigantes y frontón curvo de remate en la fachada, que le otorgan una especial belleza.[4]
La creatividad de los artista peruanos
En cuanto a la pintura de caballete, sin antecedente en el período prehispánico, en el siglo XVIII se pone en evidencia el estilo mestizo, ya sea por la falta de interés en la perspectiva y el claroscuro, o por las figuras achatadas. Sin duda, los grabados europeos que circularon en América fueron largamente imitados. Artistas como el flamenco Martín de Voos tuvieron mucha influencia en los tiempos postreros del manierismo. Más tarde, Rubens fue muy admirado.
España difundió el modelo barroco a partir de 1630 a través de la escuela sevillana, en la que Zurbarán era la figura dominante. Pero sería el jesuita italiano Bernardo Bitti quien dejara la huella más profunda ( Bernardo Bitti: jesuita italiano traído por la Compañía de Jesús para contribuir con su pintura a la evangelización de los indígenas. Pintó en Lima, Cuzco, Potosí, Arequipa, La Paz). La Compañía de Jesús lo trajo especialmente de Europa, porque tenía conciencia de que la pintura era el mejor vehículo de catequización de las masas iletradas. Bitti trabajó durante treinta y cuatro años: pintando en Lima, Cuzco, Arequipa, La Paz, Potosí y en los templos de la región del Titicaca. También tuvo discípulos, que imitaron su estilo.
La pintura cuzqueña no se limitó a beber en la fuente de los grabados flamencos, sino que les agregó un componente regional que convirtió esos trabajos en productos únicos. Un artista relevante de dicha escuela fue Diego Quispe Tito, pintor mestizo de corte manierista (1627-1668), cuya serie más famosa, la “de los meses”, se encuentra en la catedral de Cuzco. Un rasgo típico de esas obras es la inclusión de pájaros en el cielo y plantas en escorzo (escorzo: reducir la longitud de un cuerpo, según las reglas de la perspectiva) a lo largo de la colina, motivo que posiblemente tuviera un significado mágico para los antiguos peruanos. Los cuadros de la escuela cuzqueña se exportaron a todo el virreinato, hasta que fueron cayendo en un estereotipo, debido al desarrollo acentuado de la decoración y al abandono progresivo del realismo.
La escultura colonial, por su parte, deriva casi totalmente de la escuela sevillana, traída por artesanos y retablista que formaron a los indígenas y aprovecharon su habilidad para las artesanías. Enseñaban así sobre un saber previo, algo que no ocurría con la pintura. La influencia de Martínez Montañés se hizo sentir sobre el Perú, y entre los artistas indígenas trascendió el nombre del maestro Francisco Tito Yupanqui, de sangre inca, formado en Potosí junto al maestro español Diego Ortiz y creador de una de las imágenes más populares de la región, la Virgen de Copacabana, entronizada en el santuario que lleva su nombre, cuyas copias llegaron desde Arequipa a Río de Janeiro.
A partir de 1650, un realismo exacerbado rompe la calidad y homogeneidad de la escultura peruana. Se buscan efectos dramáticos, echando mano a recursos como cabellos postizos, ojos de cristal, vestidos de seda que ocultan el cuerpo de las estatuas, las cuales llegan a sustituirse por un maniquí que sostiene la cabeza. Esta moda relativamente feliz, no impidió sin embargo la producción de imágenes expresivas.

Arte colonial en la Argentina
Arquitectura jesuítica: El frontispicio barroco tiene la trayectoria de las artes en el Río de la Plata, con su ornamentación propia, por el abuso de volutas y otros adornos con predominio de la línea curva.
La obra de España, arte y religión, sobrevive vigorosamente en los cabildos de Salta, Córdoba y Buenos Aires; en la iglesia de la Compañía y en diversos lugares de Córdoba; la catedral de Buenos Aires, la basílica del Pilar, los templos de San Ignacio y San Francisco; el convento de San Lorenzo y la catedral de Santa Fe; la catedral y el convento de San Bernardo y la Posta de Yatasto en Salta; las capillas de Jujuy; las Misiones Jesuíticas de Misiones, entre otros.
Córdoba reúne en su capital y en la zona de estancias y haciendas que pertenecieron a la Compañía de Jesús el más importante conjunto de monumentos de la época colonial. El edificio más notable, la Catedral, fue comenzado en 1677 y se construyó en sucesivas etapas, en las que también intervino el célebre Bianchi con su manierismo serliano (Serlio, Sebastiano: arquitecto y escultor italiano (Bolonia 1475-Fontainebleau 1554) En Roma fue discípulo de Peruzzo, luego pasó a Florencia, Venecia y finalmente, a Francia, donde contribuyó a la difusión del Renacimiento Italiano). El rasgo sobresaliente se encuentra en la cúpula, con cupulines adosados en los cuatro ángulos, tal vez el mejor ejemplo de barroco colonial que exista en la Argentina. Otro espléndido edificio es la iglesia de La Compañía, cuya nave está íntegramente abovedad en madera. Este sistema de cubrimiento fue ideado por el hermano Lemer, nacido en Bélgica, que había trabajado en su patria en la construcción de barcos y dominaba por lo tanto las técnicas madereras. Utilizó madera de cedro del Paraguay, transportada por medio de jangadas (balsas) hasta Santa Fe y de allí a Córdoba en carretas tiradas por bueyes. El oro y las pinturas que se emplearon en la decoración lograron un efecto deslumbrante.
En los establecimientos rurales que tuvieron los jesuitas en la campaña cordobesa se pone de manifiesto nuevamente la capacidad de los hermanos constructores de la Compañía. En las cabeceras de las estancia de Alta Gracia, Jesús María, Candonga y especialmente en Santa Catalina, se admiran soluciones arquitectónica elegantes. Resultan especialmente sorprendentes si se tiene en cuenta que fueron construidas en sitios aislados, donde sólo la tenacidad y la fe de los Padres (y la mano de obra indígena) podía lograr resultados tan importantes.
Santa Fe es otra de las ciudades argentinas que cuenta con monumentos arquitectónicos del período español. El templo de San Francisco, iniciado en 1680, de una sola nave y con los muros hechos de tapia, luce un techo de madera al estilo mudéjar, algo tosco en sus detalles; en la fachada, los muros longitudinales avanzan formando un pórtico. La forma de cobijar las portadas bajo un gran arco a manera de hornacina, que caracteriza a la arquitectura del altiplano, en la que aparecen tantos elementos mestizos, se encuentra en el noroeste argentino; en Casabindo (Jujuy), San Carlos de Cafayate (Salta) y Candonga (Córodoba).
De las misiones del Paraguay se conservan pocos restos en el territorio argentino. En el templo de San Ignacio Miní, próximo a la ciudad de Posadas, pueden verse aún los hoyos donde se asentaban las columnas de madera y los muros de piedra con las portadas finamente esculpidas en algunos casos. Los principales motivos decorativos son las sirenas con alas y triple fila de senos y la profusión de hojas estilizadas, ovas, cintas y perlas, elementos de origen europeo, pero interpretados por artesanos indígenas con una visión distinta del espacio y del orden del universo.
Numerosos templos se edificaron en Buenos Aires desde principios del siglo XVIII. Dos sacerdotes jesuitas, que eran arquitectos, Blanqui y Primoli, habían venido para dirigir la edificación del templo de San Ignacio, y fueron requeridos sus servicios para levantar los templos de San Francisco, San Telmo y La Merced.
La emulación entre las órdenes religiosas de los jesuitas, franciscanos y mercedarios, las movía a estimular el interés de los vecinos, llamándolos a hacer dádivas para la construcción de los templos.
El sentimiento religiosos de la población era tan profundo que la mayoría de las obras levantadas fueron la consecuencia del concurso de personas con bienes y de notoriedad:
· La iglesia de Monserrat fue al principio una capilla construida por don Pedro Sierra.
· Los protectores de la construcción del templo de la Merced, son los dos esposos cuyos retratos se ven en la entrada de la iglesia, y cuyos nombres ignoramos.
· El templo de San Miguel fue debido al celo del presbítero don José González Islas.
· Nuestra Señora de la Piedad se empezó a edificar por don Manuel Gómez.
· Nuestra Señora de la Concepción fue una capilla edificada al principio por don Matías Flores.
· El Socorro fue otra capilla construida por don Alejandro del Valle.
· El antiguo templo de Balvanera se empezó a edificar por el reverendo padre franciscano fray Juan Rodríguez.
· La de San Juan por el maestre de campo don Juan de San Martín.
· La iglesia de San Nicolás por don Francisco Araujo.
· Los grandiosos templos de San Ignacio y Santo Domingo, como la misma iglesia catedral, contaron con muchos protectores, sobre todo los vecino acaudalados.
· La Casa de Ejercicios espirituales, se construyó en 1795. Conserva en la actualidad su primer claustro y capilla y las habitaciones contiguas, con imágenes de valor artístico, es un monumento histórico.
· El convento y templo del Pilar, en la Recoleta, construida por Blanqui, la fachada ostenta un frontis sobre dos pares de pilastras toscanas, con nichos y recuadros entre ellas, solución manierista que resultaba tardía en pleno siglo XVIII.(frontis: fachada o frontispicio. // Frontispicio: fachada delantera o portada. Remate triángular de una fachada o de un pórtico –frontón-).


El funcionario que impulsó el progreso edilicio de Buenos Aires a mediado del siglo XVIII, fue Vértiz, atendiendo a la construcción del empedrado y aseo de las calles. La falta de nivelación hacía que, a causa de las aguas de lluvia, las calles no pudieran transitarse.
Desde principios del siglo XIX, uno de los barrios distinguidos fue el de Santo Domingo, cuya calle más central era la de Rosario, hoy Venezuela.
El estilo predominante fue el barroco-andaluz del siglo XVIII. El predominio del arte andaluz fue indiscutible desde el Ecuador hasta el Plata. Son numerosos los detalles arquitectónicos:
· simulitud de las rejas
· alféizares de ventanas
· tejados
· balcones.
En cambio Córdoba es interesante como ciudad antigua, porque en ella se realiza una forma característica del arte americano, que fue la fusión del barro-mudéjar andaluz con los procedimientos de la técnica escultórica calchaquí.

Pintura y escultura
La tendencia artística que se distingue es la del Paraguay o misionera o jesuítica, en donde solo dispusieron de maderas, destacándose grandes tallistas. Sobresale la notable talla en madera de San Pedro de Alcántara, del gran escultor Alonso Cano, pieza de excepcional valor artístico del siglo XVII que se conserva en la iglesia del Pilar de Buenos Aires.
En el siglo XVIII se destaca como miniaturista Martín de Petris, y como pintores Miguel Aucell, autor de una tela que representa a San Ignacio y de varios retratos; Ángel María Camponeschi, autor de la magnífica tela de José de Zemobrain, pintura existente en la iglesia de Santo Domingo, y José de Salas que hizo el retrato al óleo de la beata María Antonia, que se conserva en la Casa de Ejercicios espirituales.
La academia de dibujo fundada por Manuel Belgrano y dirigida por Juan Antonio Gaspar Hernández, contribuyó a difundir el gusto artístico entre sus alumnos y público.
El jesuita José Schmit fue pintor y tallista, autor de muebles de valor.
Los plateros llegaron a adquirir importancia comercial y artística en Buenos Aires, a fines del siglo XVIII, al punto de que pretendieron, sin éxito, constituirse en gremio.

Bibliografía:
GORI, IRIS, BARBIERI, SERGIO Y CHERTUDI, SUSANA, Arte popular latinoamericano (Brasil, Chile), en Cuadernos de Arte, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985
LEVENE, RICARDO y LEVENE, RICARDO (h.), Historia Argentina y Americana, Buenos Aires, C.L.A.S.A., 1974, tom. I, cap. XXII y XXV.
LUNA, FELIX (Director), Historia integral de la Argentina, Buenos Aires, Planeta, 1995, tom. I, cap. XII.
Enciclopedia Microsoft ® ENCARTA ®, 1998, Arquitectura Colonial.



















Trabajar con:


LUNA, FELIX, Historia integral de la Argentina, Buenos Aires, Planeta, vol. I, cap.XII, p.229.

LUNA, FELIX, Historia integral de la Argentina, Buenos Aires, Planeta, vol. I, cap.XII, p. 236.



[1]"Catedral de Santo Domingo", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[2]"Iglesia de Santo Domingo, Oaxaca", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[3]"Compañía de Cuzco", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[4]"Arquitectura colonial", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.




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